Fue un pequeño error burocrático producido durante una rueda de prensa la que abrió las fronteras de un mundo totalmente desconocido hace veinte años, dando paso a momentos de euforia en mitad de un escenario optimista que no era más que un peligroso espejismo. El derrumbe soviético dio paso a un programa económico-ideológico, que a día de hoy está dando sobradas muestras de agotamiento y necesidad de recambio.
Sin competidores a la vista, la carrera parecía ganada incluso antes de comenzar, pero la expansión del modelo occidental no ha cosechado los éxitos que en un principio se daban por hechos. Su avance hacia el este ha sido muy irregular, allanado por la inclusión en la UE de antiguos miembros del COMECON y el rudo desguace de la Yugoslavia paneslavista, sólo unos pocos Mc Donalds han logrado penetrar en el área zarista cuyas posiciones apenas han cambiado; basta recordar los problemas en Ucrania, Georgia y Chechenia, o las tensiones derivadas del gas, las maniobras militares en el Caribe, o el paraguas anti-misiles de la frontera polaca. Muy al contrario, los regalos envenenados como el de Rumanía o República Checa comienzan a cuestionar la impulsiva anatomía de la propia Unión. En Asia, el derrumbe de China nunca llegó a producirse y su engañosa apertura a la economía de mercado ha robustecido aún más su posición internacional, adaptándose como nadie al juego de la globalización y haciéndose presente en escenarios tan variados como Cuba o la República Democrática del Congo. También en Oriente Medio parecían abrirse horizontes inmejorables, pues aseguradas las bases de Turquía, Egipto y Arabia Saudí un amplio oasis estratégico nos recibía con los brazos abiertos tras las cómoda victoria en el conflicto entre Kuwait e Iraq, y la desaparición del proveedor soviético de lugares como Líbano o Palestina; ahora ya sólo hablamos de cómo poder salir de allí. Pero este embrollo no ha hecho más que multiplicarse con el surgimiento de un nuevo bloque de izquierdas contestatario en países de la América Latina con grandes recursos naturales, practicando la vieja e incómoda táctica de aquellas urticantes naciones no alineadas. La crisis económica es sin duda el último coletazo de un ciclo que empezó con el final de la guerra fría, y que se cierra ahora con el desplome del proyecto neo-liberal, engendrado precisamente en aquella noche de champán, luces y cascotes. ¿Alguien podría imaginarse algo así en aquel idílico 1989?
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